La mayor parte de las veces uno defiende ideas, no porque sean las mejores, ni siquiera porque se sepa mucho lo que suponen realmente, y menos aún su genealogía o su historia, sino sencillamente se defienden porque son las propias. La inercia es mantener cada uno sus prejuicios, esos que a veces han costado su tiempo, lo que algunos llaman su cultura, su punto de vista, por encima de la lógica, de la libertad, incluso de la vida. La filosofía siempre ha remado en dirección contraría, porque invita a intentar pensar desde la perspectiva de la totalidad, fuera de nuestra sombra, de nuestra inevitable estrechez de miras. No nos ofrece la verdad, en tacita de plata, nos llama a buscarla, sin esperar mas que la alegría de hacerlo, lo que para muchos resulta premio suficiente.



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